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EL INFINITO

Viernes, 16 de septiembre de 2011

Por Marcelo Ojeda: Un tiempo atrás, una noche, cuando la Biblioteca Nacional, hubo cerrado sus puertas al público, se detuvo, frente a esa jungla de libros y rompió a llorar de impotencia. Nunca alcanzaría a cometer el improperio de leerlos a todos, y eso le carcomía la existencia.

Se conformaba tan solo con mirarlos, recorrerlos. Más adelante, cuando su vista le fuera abnegada se conformaría tan solo con tocarlos y olerlos con tanto placer, que en ocasiones, le resultaba banal, penoso. Una mañana (recuerdan algunos), ingresó a paso lento, gastaba un traje gris claro, camisa blanca, corbata roja y zapatos negros; un su mano derecha su bastón (de madera y barniz), de su brazo izquierdo, la mujer que lo acompañaría el resto de su vida. De pelo suelto, muy delgada, con un modesto vestido blanco, caminaba con gran delicadeza (como flotando, como un ángel).Ambos, estaban en las oficinas del Correo Argentino. Los presentes al unísono repetían una saludo: -buen día maestro, -buen día maestro, y así sucesivamente, a sus costados, en frente. No dejaron de apreciarlo y admirarlo desde que atravesó el umbral de la puerta hasta que repitiese ese humilde acto; todos, menos el empleado del correo, que joven y despistado no se enteró de nada (ni se enteraría). El asunto; unos libros y documentos provenientes de Córdoba,  que el muchacho por supuesto tardó en encontrar. De Pronto, cuando la paciencia del implicado y los demás demorados reventaba, el muy descarado jovencito asomó sus narices y balbuceó unas palabras: perdón, ¿Cómo me dijo que se llamaba?… A lo cual, nuestro bien ponderado caballero respondió: – Borges, Jorge Luis. 

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