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LAS ALAS DE LA MUERTE

Domingo, 1 de enero de 2012

Totalmente convencido de su inminente final,  reposaba tranquilo, a pesar de su cuerpo molido  a palos, chamuscado por las picanas, sus ojos vendados y que la cadena que apretaba su tobillo en su extremo opuesto; un verdugo inerte representado en forma de piedra  magna y de considerable peso. No tenía miedo, sabía que en parte el había decidido pelear esa guerra en enorme desventaja. El también era un asesino y vivía en sus retinas  aún el recuerdo de la bomba que lanzó dentro de la casa de aquel coronel, con sus hijos correteando – los vio asomarse en la ventana, después confundirse  en el fuego y el polvo- aunque no se explica todavía, el porqué  de su cobarde proceder. Esa reminiscencia lo trastornaba, y era consiente de los peligros ulteriores (le había mojado la oreja al diablo). El si, pero la mujer  lánguida que clamaba a su lado en el piso frío del avión intuía que no, llantos de horror y pavor. Pensó consolarla, buscarla, tantearla en las tinieblas y arrimarle su cuerpo siquiera (y las manos y los pies y la boca y los ojos; clausurados), pero más fríamente cayó en la cuenta que sólo provocaría incertidumbre en la muchacha y algún que otro movimiento llamaría la atención. Una mano anónima (de un sujeto ufano y de uniforme, supuso) gozaría con asirla de la solapa y abofetearla sin razón, sin piedad. Él, sin embargo, no le temía a la muerte, al dolor, a la agonía, al hedor de cadáveres  descomponiéndose a su rededor. Una voz firme y autoritaria se pronunciaba ante ellos cada cinco minutos ofreciendo una panacea a sus tormentos. – Balas es lo que sobran mijitos (su acento cuyano llamaba profundamente su atención), y una sola previene todo el sufrimiento muchachos, si alguno de los presentes, que esté vivo claro (explotaba a carcajadas) que se pare como pueda simplemente, << ¡es la señal amigos!>>. Su verdadera preocupación radicaba en sus padres, sus hermanos;  carecerían de tumba donde llorarlo. Su bronca crecía, sería privado de algo tan sencillo y a la vez tan primordial, un epitafio. De repente el avión comenzó a inclinarse volcándose hacia su izquierda y descendió unos metros bruscamente –lo percibieron sus tripas- augurando lo peor. Según sus cálculos sobrevolaban el ancho Río de la Plata, más cerca de la costa uruguaya pensó en ese momento. El enorme portón de acero se abrió y el viento inundó todo hasta casi asfixiarlos. Su inclinación aumentó y sus probabilidades de morir también. Las humanidades comenzaron a resbalar y chocar entre sí, amontonándose y tratándose de aferrar a la estructura del bólido con las uñas provocando un macabro chirrido e indescriptible sufrimiento. Cayeron los primeros.  Enronquecieron los murmullos de los que permanecían (por unos segundos) y Luis Alberto, como lo llamaba su madre a comer, sintió un empellón que lo tomó por sorpresa. Se dejó llevar, rodó, soltó su cuerpo a la buena de Dios. Una caída libre impecable. El vacio alivió sus pesares. Supuso que pronto todo acabaría y se imaginó castigando con su dorso, demoliendo sus costillas contra esa agua dulce y marrón que navegó Solís. En otra fracción de segundo esperó el impacto de su rostro contra el río y esa sensación se alargó, advirtió que la misma piedra que lo uniría con el fondo, su choque con el suave oleaje, le daría cabal aviso de su desenlace. En contra de todas sus conjeturas sobrevivió al impacto, a muy pesar suyo claro. Nunca quiso percibir la sensación de sus pulmones llenándose de agua hasta reventar y su tráquea colapsar.

Su voz  que no temblaba siquiera y su semblante parco me hicieron dudar. Llegué a pensar que se trataba de un farsante, un mitómano  más de los que andan por ahí inventando historias para vanagloriarse o simplemente gozar con las cara de sorpresa de los destinatarios. “usted es el indicado para contar en buenos términos mi historia”,  me dijo, “conozco muy bien su estilo, he leído cada línea que ha forjado su pluma”; en ese momento me asusté, recuerdo que pensé que todo ese asunto en el que por simple curiosidad me había inmiscuido, iba en serio, muy en serio por cierto. Nuestro segundo encuentro, fechado el  quince de junio de 1977, tuvo lugar en su casaquinta, con su hermoso jardín que miraba el río, en Montevideo. Les juro que nunca antes oí hablar de él y cuando preguntaba a mis compañeros todos callaban y permanecían serios, tristes, como si estuviera frente a un código de silencio, natural, no impuesto. Me desubiqué y le pedí, les confieso, de apresurada  manera que continuara el relato donde lo dejamos, justo cuando su cuerpo castigó el río, luego me avergonzaría mi amateurismo, pareciere como si mis años de periodista y narrador, tirados a la basura  <<no se apure querido, ese tramo pretendo dejarlo para el final. Tengo mis dudas acerca de su continuidad en estos encuentros si me aventuro a develar lo que me pide, es mi única carta de garantía>>  Fue tan bien fundamentada su respuesta que no insistí nuevamente. Todo se originó con el fusilamiento de aquellos compañeros peronistas, allá por 1955, justo después del derrocamiento del General, en manos de gendarmes que respondían a Aramburu, apuntó. Si, le dije, escribí un libro sobre el episodio. << Estoy al tanto mi amigo. Es otra de las razones de mi convocatoria…>> Ahí mismo lo interrumpí… Y usted que tiene que ver con todo eso le pregunté… << También pienso dejarlo para más adelante>> En ese instante exploté; me paré enérgicamente, junté mis cosas y sin mirarlo aclaré los tantos. Especifiqué que así no podíamos continuar, que no era policía como para que me oculten las cosas, que no me gustan las adivinanzas y  que sabía como contactarme. No me detuvo, me llamó al cabo de quince días. El encuentro, un 23 de marzo de 1977, comenzó algo tenso al principio. Lorena, la charrúa que compartía sus días de exilio, nos acercó unos bizcochitos caseros, humeantes. Él vestía una camisa negra, pantalones de gafa grises y alpargatas negras. Los canos cabellos denotaban su edad. Gravó sus gruesos dedos en la madera del amargo; todavía tengo presente el río reflejado en los detalles  de plata. <<Me salieron mas o menos esta vez>> se excusó. A lo que aludí cara de desconcierto. <<Los bizcochos, yo mismo los amasé>>. A lo que repliqué con elogios, con la boca llena como un buen maleducado (hacía años  que no era frugal). Con mi mano derecha extraje mi pañuelo blanco del bolsillo de atrás de mi pantalón, limpié mis anteojos, los guardé, respiré profundo como tratando asimilar todo el aire puro de ese paraíso de plantas silvestres y naranjos, un romero y los brazos caídos de un sauce nos envolvía, nos cobijaba del sol recalcitrante de las tres de la tarde. Las comisuras y el espacio entre la boca y su nariz arrugadas de tantas mateadas (tanta bombilla tapada). De esa manera, casi como un acto artístico cebó. Traté (y lo logré) no interrumpirlo; ese solemne momento lo repitió en cada uno de los encuentros que mantuvimos. Lo observé fijo, casi tiernamente, de una manera detrás de esa supuesta felicidad, sentí escalofríos, como si estuviera frente a un muerto. Esa extraña sensación me impulsó a terminar mi carta abierta, me dio el coraje necesario para mirar a los ojos a la muerte. <<El aislamiento y obligado alejamiento del peronismo  de las urnas por veinte años tuvo consecuencias gravísimas, hoy lo estamos sufrimiento y lo seguiremos sufriendo por unos cuantos años más>> coincidí con él, y le dije que mi deseo mayor no era solo terminar con toda esa locura; ajusticiar a nuestros desaparecidos es mi anhelo. Casi sin escucharme me dijo  << Presiento que alguien me sobrevivirá, física, sobretodo anímicamente>> Ahí comencé a divagar, a volar con mis pensamientos, mis ideas eran las suyas y viceversa, su muerte era la mía y viceversa. Está muy claro, que, al igual que mi interlocutor corro grave peligro de muerte. Ya se llevaron a mi hija y muy pronto vendrán por mí. La carta abierta a la Junta Militar me ha sentenciado (creo). Seis meses me tomó la recopilación y corrección de lo que a mi entender es mi mejor trabajo. Guardaré cuidadosamente estos borradores bajo un sócalo de la cocina de este mugroso departamento, mi última morada, con el augurio que en un futuro, espero cercano, con las aguas mas calmas y en presencia de nuestra añorada democracia, alguien los encuentre, los lea y los publique (no presiento verosímil las tres secuencias en un mismo mortal); ¿mi nombre?, no requiere anunciamiento.

Javier leyó esta última línea, sacudió bien los papeles que presentaban gran cantidad de tierra, colocó nuevamente el sócalo y miró hacia el living, estaba en la cocina; advirtió que su novia no se había percatado de lo sucedido. Rápidamente guardó los papeles en la alacena (provisoriamente, en la noche los guardó en su portafolios). Corría el caluroso febrero de 1997. Esa noche decidió cumplir la voluntad del  finado, pero antes se impuso como cláusula encontrar antes a aquel hombre que sobrevivió a la muerte, sobrevivió al río

Tenía una sola pista, ya que Rodolfo nunca esgrimió el apellido, si su nombre de pila, Alberto recordemos; buscar dos viejitos con un hijo desaparecido y encontrado. Pensó, sería una tarea algo complicada. Tardó dos años en dar con él y la primera pregunta fue por demás agresiva, impulsiva:

-Al final… ¿Cómo mierda hiciste para salvar tu vida? ¿Cómo sobreviviste en el río con una piedra de cincuenta kilos?

-Veinte-interrumpió Alberto…

Más me confundió, mas aún a mí, un aficionado de periodista. Nada me inquietaba más que conocer los detalles, la verdad a ese misterio que arbitrariamente ingresó en mi vida y que arbitrariamente irrumpió en las vidas de más de treinta mil almas.

-Mentí, le mentí a Rodolfo- Hizo una pausa prolongada, lo escuché  atentamente.-Sacrificaban a todos antes de tirarlos al agua.

– ¿Y lo del avión de costado, y las uñas…?

-Nada de eso; los mataron a todos, no corrían riesgos. Mataban a los que agonizaban y remataban con dos disparos a los supuestos muertos o falsos muertos. Algunos fingían con alguna vaga esperanza. No sé, un milagro, una orden restauradora a último momento. A pesar de lo inverosímil del anhelo, seguían esperanzado, yo no.

-Es definitiva, le mentiste a Rodolfo, ¿y entonces?

-Tuve mucha suerte simplemente, el encargado del sacrificio era mi mejor. Mi amigo de la infancia. Todavía tengo muy presente en mi memoria sus palabras<<Soy yo Alberto, Juan, escúchame bien, hacete el muerto boludo, hacete el muerto che…>> Dos tiros, uno a otro cuerpo inerte, el otro a mis cadenas. <<Agarra la piedra cuando los tiremos, sino voy a ser  yo el muerto, suerte y perdóname, se dio así, perdóname. >> Que increíble, la impotencia de estar amordazado para decirle algo.

-¿y después lo buscaste?

– No, aunque lo hubiera hecho, de nada hubiera servido. Se suicidó dos años antes a mi regreso al país. No soportó el asedio, la culpa supongo. Su familia, me contaron, no lo miró nunca más. Era de buena estirpe, muy correctos, gente de muchos valores, honesta, que lo alentó con entusiasmo cuando su hijo emprendió la carrera militar. Nunca dilucidaron el desenlace.

-¿fue muy dura la caída?

-No lo dudes. Me acuerdo que posterior a  las palabras de Juan, abracé la enorme piedra con todas mis fuerzas y me acomodé cerca del portón de la zona de carga. Ahí apareció una vez más Juan, ordenó abrir el portón y me empujó. Seguramente demoró la evacuación de los otros cuerpos, no sé. Ya no me importaba, estaba más ocupado en mi situación. Imaginate cayendo al vacío, de noche, con frío. Me ahogaba, era demasiado aire filtrándose por mis fosas nasales, mis oídos. Desesperadamente después de soltar la piedra, atiné por instinto, sacarme la venda de los ojos y el trapo que apretujaba mi boca. Nadé hasta las costas uruguayas, asomaban, recuerdo, los primeros rayos de sol. El agua no me tocaba, me sentí Jesús, después de los tres días en la cueva.

-¿Y después, te acobardaste y te escondiste acá?

-Unos años atrás te hubiera rebanado el cuello. Ahora estoy mucho más tranquilo. Pensé en mis  viejos. No tuve el valor y si la precaución de no llamarlos hasta no terminado el proceso. Esa mañana del ochenta y tres marqué el número y atendió mi viejo. Por unos diez segundos no pude hablar, él seguía preguntando quien es, de pronto e increíblemente dijo…<< ¿Sos vos Alberto, sos vos hijo querido? >> Exploté en llanto y él también, pero podía hablar todavía y me consolaba como a un niño. Cuando pude comenzar a emitir vocablo le agradecí, me disculpé, finalmente me armé de valor y le pregunté por mamá. Me contestó que tres días antes había fallecido y que nunca perdió la esperanza, que hasta el último día siguió creyendo que me vería vivo.

En ese momento se quebró. Si hay algo que sigue intacto en mí, es mi sentido de la ubicación. Tomé mis cosas, lo despedí agradeciendo (no pudo oírme inmerso en su desahogo), saludé a su padre y partí. Ulterior, en otra cita, me aclararía como escapó del pelotón de fusilamiento de Aramburu; su participación en el final del antes nombrado (ajusticiamiento), su posterior captura, consecuencia de la traición de un antiguo camarada y de cómo su alma, su aura se quedó ese amanecer en el río.

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