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LAS ALAS DE LA MUERTE

Jueves, 26 de enero de 2012

Por Marcelo Ojeda. Totalmente convencido de su inminente final,  reposaba tranquilo, a pesar de su cuerpo molido  a palos, chamuscado por las picanas, sus ojos vendados y que la cadena que apretaba su tobillo en su extremo opuesto;  un verdugo inerte representado en forma de piedra  magna y de considerable peso. No sentía miedo, sabía de alguna manera que él había decidido pelear esa guerra en enorme desventaja. También era un asesino y vivía en sus retinas  aún,  el recuerdo de la bomba que lanzó dentro de la casa de aquel coronel, con sus hijos correteando – los vio asomarse en la ventana, después confundirse  en el fuego y el polvo- aunque no logra explicarse todavía, el porqué  de su cobarde proceder. Esa reminiscencia lo trastornaba, y era consiente de los peligros ulteriores (le había mojado la oreja al diablo). El si, pero la mujer  lánguida que clamaba a su lado en el piso frío del Hércules, intuía que no. Quejidos de horror y pavor. Pensó consolarla, buscarla, tantearla en las tinieblas y arrimarle su cuerpo  (y las manos y los pies y la boca y los ojos; clausurados), pero más fríamente cayó en la cuenta que sólo provocaría incertidumbre en la muchacha y  que algún que otro movimiento llamaría la atención y  una mano anónima (de un sujeto ufano y de uniforme, supuso) gozaría con asirla de la solapa y abofetearla sin razón, sin piedad. Él, sin embargo, no le temía a la muerte, al dolor, a la agonía, al hedor de cadáveres  descomponiéndose a su rededor. Una voz firme y autoritaria se pronunciaba ante ellos cada cinco minutos ofreciendo fin  a sus tormentos. – Bala es lo que sobra señores (su acento del litoral llamaba abismalmente su atención), y una sola previene todo el sufrimiento muchachos…  si alguno de los presentes, que esté vivo claro (estallaba a carcajadas) que se pare como pueda simplemente…  << ¡es la señal amigos!>>. Su verdadera preocupación radicaba en sus padres, pues carecerían de tumba donde llorarlo. Su bronca engordaba, sería privado de algo tan sencillo y a la vez tan primordial: un epitafio. De repente el avión comenzó a inclinarse volcándose hacia su izquierda y descendió unos metros bruscamente –lo percibieron sus tripas- augurando lo peor. Según sus cálculos sobrevolaban el ancho Río de la Plata, más cerca de la costa uruguaya pensó en ese momento. El enorme portón de acero se abrió y el viento inundó todo hasta casi asfixiarlos. Su inclinación aumentó y sus probabilidades de morir también. Las humanidades comenzaron a resbalar y chocar entre sí, amontonándose y tratándose de aferrar a la estructura del bólido, con las manos amarradas y como podían, con las uñas provocando un macabro chirrido e indescriptible sufrimiento. Cayeron los primeros.  Enronquecieron los murmullos de los que permanecían (por unos segundos) y Luis Alberto, como lo llamaba su madre a comer, sintió un empellón que lo tomó por sorpresa. Se dejó llevar, rodó, soltó su cuerpo a la buena de Dios. Una caída libre impecable. El vacio alivió sus pesares. Supuso que pronto todo acabaría y se imaginó castigando con su dorso, demoliendo sus costillas contra esa agua dulce y marrón. En otra fracción de segundo, esperó el impacto de su rostro contra el río y esa sensación se alargó, advirtió que la misma piedra que lo uniría con el fondo, su choque con el suave oleaje, le daría cabal aviso de su desenlace. En contra de todas sus conjeturas sobrevivió al impacto, a muy pesar suyo claro. Nunca quiso percibir la sensación de sus pulmones llenándose de agua hasta reventar y su tráquea colapsar.

Su voz  que no temblaba siquiera y su semblante parco me hicieron dudar. Llegué a pensar que se trataba de un farsante, un mitómano  más de los que andan sueltos por ahí, inventando historias para vanagloriarse o simplemente gozar con las cara de sorpresa de los destinatarios. “usted es el indicado para narrar en buenos términos mi historia”,  me dijo, “conozco muy bien su estilo, he leído cada línea que ha forjado su pluma”; en ese momento me asusté, recuerdo que pensé que todo ese asunto en el que por simple curiosidad me había inmiscuido, iba en serio, muy en serio por cierto. Nuestro segundo encuentro, fechado el  6 noviembre de 1976, tuvo lugar en su casaquinta, con su hermoso jardín que miraba el río, en Montevideo. Les juro que nunca antes oí hablar de él y cuando preguntaba a mis compañeros todos callaban y permanecían serios, tristes, como si estuviera frente a un código de silencio, natural, no impuesto. Me desubiqué y le pedí, les confieso, de apresurada  manera que continuara el relato precisamente donde lo habíamos dejamos, justo cuando su cuerpo castigó el río. Luego me avergonzaría  de mi amateurismo, pareciere como si mis años de periodista y narrador, tirados a la basura  <<no se apure querido, ese tramo pretendo dejarlo para el final. Tengo mis dudas acerca de su continuidad en estos encuentros si me aventuro a develar lo que me pide, es mi única carta de garantía, ¿me entiende?  >>  Fue tan bien fundamentada su respuesta que no insistí nuevamente. <<Todo comenzó con el fusilamiento de aquellos compañeros peronistas, durante el gobierno de Aramburu, allá por la segunda mitad de la década del cincuenta; como usted bien sabe,  Aramburu asume  después del derrocamiento del General, en noviembre de 1955, posterior al gobierno provisional y de facto  de Lonardi>> apuntó. Si, le dije, escribí un libro sobre el episodio. << Estoy al tanto mi amigo. Es otra de las razones de mi convocatoria…>> Ahí mismo lo interrumpí… Y usted que tiene que ver con todo eso le pregunté… << También pienso dejarlo para más adelante>> En ese instante perdí mi pasividad y estallé de ira, me frené, me controlé para no tirar por la borda lo antes ese momento obtenido; me paré enérgicamente, junté mis cosas y sin mirarlo aclaré los tantos. Especifiqué que así no podíamos continuar, que no acostumbro ser partícipe de ese tipo de intercambios desconfiados,  que no comulgo con que me oculten las cosas, que no me gustan las adivinanzas y  que sabía como contactarme. No me detuvo, me llamó al cabo de quince días. La reunión, dos tardes después de su llamada, un 23 de diciembre de 1977, comenzó algo tenso al principio. Lorena, la charrúa que compartía sus días de exilio, nos acercó unos bizcochitos caseros, humeantes. Él vestía una camisa negra, pantalones de gafa grises y alpargatas negras. Los canos cabellos denotaban su edad. Gravó sus gruesos dedos en la madera del amargo; todavía tengo presente el río reflejado en los detalles  de plata. <<Me salieron mas o menos esta vez>> se excusó. A lo que aludí cara de desconcierto. <<Los bizcochos, yo mismo los amasé>>. A lo que repliqué con elogios, con la boca llena como un buen maleducado (hacía años  no era frugal). Con mi mano derecha extraje mi pañuelo blanco del bolsillo de atrás de mi pantalón, limpié mis anteojos, los guardé, respiré profundo como tratando asimilar todo el aire puro de ese paraíso de plantas silvestres que contaba con  un naranjo, un romero y unos cuantos pinos enfila que hacían las veces de medianera. El edificio de dos plantas y ladrillos vistos con techo de tejas y ventanas enormes con persianas americanas  sumado al sauce que con sus brazos caídos  nos envolvía, nos cobijaba del sol recalcitrante de las tres de la tarde.  El espacio entre la boca y su nariz  presentaba marcadas arrugas, producto de  tantas mateadas (tanta bombilla tapada). De esa manera, casi como un hecho artístico cebó. Traté (y lo logré) no interrumpirlo; ese solemne acto lo repitió en cada uno de los encuentros que mantuvimos. Fueron sucesivos. Me quedé un mes en el Uruguay, puesto que las entrevistas se convirtieron en cotidianas, menos los domingos que descansaba me dijo. Me interiorizó de la filosofía del  montonero (similar a la mía). Me informó de su origen, su funcionamiento, sus estandartes y los sacrificios de una vida llena de peligros y secretos e incertidumbre. Lamentablemente no hizo referencia a la caída desde el avión y de que tenía que ver con el fusilamiento en la década del cincuenta. Pero  al fin pactamos que a mi  regreso (marché para Argentina) tendríamos la entrevista final donde todo se esclarecería. Nunca llegué. Contraje una caprichosa  gripe y cuando mejoré fue demasiado tarde, los uniformados me tenían acorralado. El mate, calentó la palma de mi mano y la amarga espumita verde tomó contacto con mi boca. En ese momento me relajé, recuerdo lo observé fijo, casi tiernamente, de una manera detrás de esa supuesta felicidad (pensé), no hacía más que esconder la terrible soledad y el peso horrido del espíritu que acarrea el exilio. Me invadió la sensación de estar  frente a un muerto. Esa extraña sensación me impulsó a terminar mi carta abierta, me dio el coraje necesario para mirar a los ojos a la muerte. <<El aislamiento y obligado alejamiento del peronismo  de las urnas por más de quince años tuvo consecuencias nefastas, gravísimas. Hoy lo estamos sufrimiento y lo seguiremos sufriendo por unos cuantos años más>> coincidí con él, y añadí  que el golpe y las consecuencias  tienen mucho que ver con los intereses de nuestros muy ponderados amigos del país del norte, y como sus intereses económicos en los países subdesarrollados pasaban por alto toda moral posible; su simulada escusa  anticomunista. Le dije también que mi deseo mayor no era solo terminar con toda esa locura; ajusticiar a nuestros desaparecidos es mi objetivo. Casi sin escucharme me dijo  << Presiento que alguien me sobrevivirá, en un futuro, física,  anímicamente, sobretodo ideológicamente… >> Ahí comencé a divagar, a volar con mis pensamientos, mis ideas eran las suyas e inversamente, su muerte era la mía y viceversa. Está muy claro, que, al igual que mi interlocutor corro grave riesgo de muerte. Pues ya se llevaron a mi hija y muy pronto vendrán por mí. La carta abierta a la Junta Militar me ha sentenciado (creo). Soy consciente de mis peligros y urgencias, por eso apresuré.  Un mes y medio me tomó la recopilación y corrección de lo que a mi entender es mi mejor trabajo. Respetable obra. Inconclusa pero fantástica. Guardaré cuidadosamente estos borradores bajo un sócalo de la cocina de este mugroso departamento, mi última morada, con el augurio que en un futuro, espero cercano, con las aguas mas calmas y en presencia de nuestra añorada democracia, alguien los encuentre, los lea, los termine y publique (no presiento verosímil las cuatro secuencias en un mismo mortal); ¿mi nombre?, no requiere anunciamiento.

Soy Javier Estrada, y  leí esta última línea, sacudí bien los papeles que presentaban considerable cantidad de polvo, coloqué nuevamente el sócalo y miré hacia el living, estaba en la cocina; advertí que mi novia no se había percatado de lo sucedido. Rápidamente escondí los papeles en la alacena (provisoriamente, en la noche los guardé en mi portafolios). Corría el caluroso febrero de 1997. Esa noche decidí cumplir la voluntad del  finado, pero me impuse como cláusula encontrar antes a aquel hombre que sobrevivió a la muerte, que sobrevivió al río.

Contaba con una sola pista, ya que Rodolfo nunca esgrimió el apellido, si su nombre de pila, Luis  Alberto recordemos; buscar dos viejitos con un hijo desaparecido y encontrado. Pensé, sería una tarea algo complicada. Me llevó dos años consumar mi propósito. Luego de deambular por los barrios del Gran Buenos Aires me topé al fin con  un dato (de un vecino no muy discreto) sospechosamente verídico y aboqué todas mis energías  y mi tiempo en corroborarlo. Mi visita a la supuesta casa de sus padres fue cuidadosamente planificada y  torpemente consumada. Eran las once y media de la mañana. Hice detener el taxi unos metros antes del frente de la casa y mientras  abonaba el viaje dudé sobre la decisión tomada. Entonces me armé de valor y llamé a la puerta. Ni bien mis nudillos tomaron contacto con la roja puerta de madera de la pequeña y humilde morada… se abrió de par en par y un viejito de unos ochenta años (seguramente debido a la  apariencia misteriosa que emanaba, con mi sobretodo verde oscuro y mi sombrero negro que cubría gran parte de mi rostro) se asustó, retrocedió y trastabilló. Condenado a caer de espaldas, para su fortuna y la mía fue atajado por un hombre que apareció de la nada. – Gracias, gracias Luis Alberto, gracias hijo-  El hombre lo enderezó  y le acercó una silla diciéndole muy cándidamente que se tranquilice, que estaba todo en orden. Después levantó mansamente la vista y me preguntó quien era. Nerviosamente me presenté y le expliqué todo. Continuaba observándome con detenimiento y desconfianza. Entonces fue cuando abrí mi portafolios y extraje de su interior el manuscrito en cuestión y leí el párrafo que describía el episodio del avión lanzando los cuerpos al agua. Me miró detenidamente con asombro  y me  instigó a la sala. –Destapá una cerveza papá,  después de tanto tiempo tenemos un invitado- Nos sentamos en unos pequeños sillones de un cuerpo muy cómodos mientras llegaba el trago prometido. Ya más tranquilos me preguntó cual era la verdadera razón de mi visita. Sonriendo todavía recuerdo lo apresurada que fue mi primera inquietud,  por demás  impulsiva:

-Al final… ¿Cómo hiciste para salvar tu vida? ¿Cómo sobreviviste en el río con una piedra tan pesada?

-No era, en realidad tan pesada-interrumpió Alberto…lo suficiente como para mantener un cuerpo en el fondo del Plata.

Más aún me confundió, a mí, un verdulero devenido en periodista. Nada me inquietaba más que conocer los detalles, la verdad de ese misterio que arbitrariamente ingresó en mi vida y que arbitrariamente detonó en la vida de más de treinta mil almas.

-Mentí, le mentí a Rodolfo- Hizo una pausa prolongada, lo escuché  atentamente.-Sacrificaban a todos antes de tirarlos al agua.

– ¿Y lo del avión de costado, y las uñas…? Pregunté.

-Nada de eso; los mataron a todos, no corrían riesgos. Mataban a los que agonizaban y remataban con dos disparos a los supuestos muertos o falsos muertos. Algunos fingían con alguna vaga esperanza. No sé, un milagro, una orden restauradora a último momento. A pesar de lo inverosímil del anhelo, seguían esperanzado, yo no.

-En definitiva, le mentiste a Rodolfo, le dije…

-Tuve mucha suerte simplemente, el encargado del sacrificio era mi mejor. Mi amigo de la infancia. Todavía tengo muy presente en mi memoria sus palabras<<Soy yo Alberto, Juan, escuchame bien, hacete el muerto boludo, hacete el muerto che…>> Dos tiros, uno a otro cuerpo inerte, el otro a mis cadenas. Sacó una navaja y cortó la soga que apresaba mis manos. <<Agarra la piedra cuando los tiremos, sino yo voy a ser el muerto. Suerte y perdoname, se dio así, perdoname. >> Que increíble, la impotencia de estar amordazado para decirle algo.

-¿y después lo buscaste?

– No, aunque lo hubiera hecho, de nada hubiera servido. Se suicidó tres años antes a mi regreso al país. No soportó el asedio, la culpa supongo. Loa suyos, me contaron, no lo miraron nunca más. Era de buena familia, muy correctos, gente de muchos valores, honesta, que lo alentó con entusiasmo cuando su hijo emprendió la carrera militar. Nunca dilucidaron el desenlace.

-¿fue muy dura la caída?

-No lo dudes. Me acuerdo que posterior a  las palabras de Juan, abracé la enorme piedra con todas mis fuerzas y me acomodé cerca del portón de la zona de carga. Ahí apareció una vez más Juan, ordenó abrir el portón y me empujó. Seguramente demoró la evacuación de los otros cuerpos, no sé. Ya no me importaba, estaba más ocupado en mi situación. Imaginate cayendo al vacío, de noche, con frío. Me ahogaba, era demasiado aire filtrándose por mis fosas nasales, mis oídos. Desesperadamente después de soltar la piedra, atiné por instinto, sacarme la venda de los ojos y el trapo que apretujaba mi boca. Nadé hasta las costas uruguayas, asomaban, recuerdo, los primeros rayos de sol. El agua no me tocaba, me sentí Jesús, después de los tres días en la cueva. Esa euforia se convirtió en duda ni bien pisé suelo uruguayo. La duda en tristeza, mejor dicho melancolía…

-¿Y después, te acobardaste y te escondiste allá, del otro lado del Charco?

-Unos años atrás te hubiera propinado una digna paliza-me paré y retrocedí espantado- tranquilo- me dijo seriamente, nunca reía- ahora estoy mucho más sereno, en este momento me encuentro nuevamente en la Argentina, en mi país…- Detuvo su relato unos dilatados  y  eternos segundos, inclinó su cabeza buscando su pecho, movió su cabeza en alegorías de negativa. Me detuvo… en aquel momento, ¿el  freno te preguntas?…  me ganó  el miedo a perder a mis viejos. Pensé en ellos. No tuve el valor y si la precaución de no telefonearlos  hasta no terminado el proceso. Esa mansa mañana del ochenta y tres marqué el número y atendió mi viejo. Por unos segundos no pude hablar, él seguía preguntando ´´quien es´´, de pronto  lo impensado…<< ¿Sos vos  Alberto, sos vos hijo querido? >> Me tomó por sorpresa su intuición, su aguerrida fe, esperanza. Luego me enteraría que mi madre fue quien contagió esa virtud. Exploté en llanto… él también… me consolaba como a un niño. Yo, Cuando pude comenzar a emitir vocablo le agradecí, me disculpé… no paraba de repetirle cuanto lo amaba. Finalmente me armé de valor y  pregunté por la vieja. Se tomó su tiempo para responder. Ese silencio delató la cruda verdad que tanto tiempo  costaría  aceptar.

En ese momento mi entrevistado se quebró. Si hay algo que sigue intacto en mí, es el sentido de ubicación. Tomé mis cosas, me despedí agradecido; no pudo oírme inmerso en su desahogo, saludé a su padre que yacía en la cocina preparando un tentador guiso de lentejas (era flaco alto y calvo) y partí. Ulterior, en otra cita, me aclararía como escapó del pelotón de fusilamiento de Aramburu; su participación en el final del antes nombrado, su posterior captura en manos de los militares, consecuencia un alto acto de traición de un antiguo camarada y de cómo su alma, su aura,  se quedó aquel amanecer en el río.  

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